Paramos el coche en la cuneta. Yo lloraba como una condenada y mis padres estaban intentando razonar conmigo. En ocasiones no me queda otra, lloro igual que vomito palabras, igual que paro: deshaciéndome de todos los resuiduos acumulados durante mucho tiempo, muy adentro.
He estado dando unas vueltas por la red, viendo blogs de todo tipo, y me dio miedo acabar describiendo mi día a día como un diario monótono y monocorde: que ilusión, hoy me levanté y mami me preparó un pastel- bromeo- o simplemente una especie de pseudoliteratura apestosa que espantará a todo el que la lea. Pero, por encima de todo, creo que tenía miedo a ser especialmente consciente del lector. A ver como lo explico, aunque no creo que sea necesario, confío en que me entendáis más o menos bien. La cuestión es la siguiente: olvidarse de escribir y convertir el hecho de plasmar palabras en un tributo a la capacidad de plasmarlas y no al de disfrutarlas o escupirlas con rabia. Eso es lo mejor, no me negueis que, a veces, cuando escribís, solo estáis escupiendo la pepita que se os atragantó esperando al bus, o caminando al colegio, o condunciendo en un atasco o recordándoos las incomodidades de este mundo. Pero no seré yo quien diga: pero que poco valoramos lo que tenemos, que cómodos todos, cualquier día se acaba… Ni modo, a mí no me va eso, yo prefiero algo bien diferente, quejarme por quejarme y dar gracias por la luz que me golpea el rostro como lija lijada…
¿Qué que es eso? Lo mismo que lo que estoy escribiendo, capricho y caos, una manera de quitarle un poco de seriedad a todo lo que he escrito antes- sin retractarme de nada, que yo sepa…- . En todo caso, echar purpurina sobre la seriedad y la elocuencia falsa, regar con colores violáceos la tinta especialmente rígida de mis palabras. Han sido meses de muchas experiencias, meses de conocer a mucha gente, y supongo que por eso me costaba sacar un poco la vena más infantil y divertida que todos llevamos dentro. No es una disculpa, mis queridos convecinos, no lo es; en realidad es un intento- fútil, quien sabe- de cambiar de rumbo por unas líneas, de dejarme llevar por unas notas perdidas una noche estrellada y olvidarme de tanta corvata y pajarita, que noto el cuello inflamado…
Me pregunto quien leerá esto. Supongo que a vosotros os pasa lo mismo, os preguntáis quien leerá lo que escribís, ¿U os limitáis a escribirlo, soltar un suspiro que sale de más allá del diafragma, cerrar la tapa del portátil o girar la silla dándole la espalda a la pantalla, y levantaros, liberados de la carga de vuestros pensamientos? En el fondo, muy en el fondo, tan hondo que a veces nos olvidamos que toca la superficie de la arena del mar más hondo, se encuentra la razón más simple y menos rocambolesca e intrincada para escribir aquí: queremos ser recordados.
Mierda, ya me estoy poniendo seria, pero supongo que me entenderéis. Habréis leído mails en estilo literario y rara vez, si no es para recibir un consejo o una crítica, tienen ningún comentario. No animan a la participación, al intercambio, o a lo mejor es que es tan íntimo que las palabras resbalan por los nervios ópticos y nos tocan tan de lleno que una respuesta, caulquiera que fuese, resultaría superflúa y estúpida. Un sinsentido, como este blog.
Bueno, he decidido dirigirme a vosotros de una manera directa, lectores. Estoy escribiendo aquí no porque necesite escribir- puedo hacerlo y no colgarlo y, en todo caso, en la etapa de soltarme y aprender en la que estoy eso es, si cabe, más recomendable que publicar, por aquello del condicionamiento que produce la opinión ajena o, lo que es peor, el miedo a la condición ajena-, estoy escribiendo aquí porque una noche me levanté a las tres de la manaña y decidí abrí un blog, no hay más, y lo hice sentada en el suelo de un hostal de paris, de una cocina vacía, junto al único enchufe disponible.
Otra cosa. Os pido perdón, soy joven, eso es así, y doy gracias por serlo en esta sociedad .Por otra parte, me da rabia pensar en todo el camino que me queda por recorrer antes de llegar a ser quien quiero ser.
Pérdida, pérdida, para que tomarse todo tan en serio, aunque mis palabras resuenen tan vacías como una lata que trajo el mar y un niño se molestó, curioso, en liberar del peso de las olas y la sal que contenía… hablo de vacío porque una vez conocía a alguien, quien o donde, durante cuanto tiempo, poco importa; el caso es que esta persona no paraba de hablar de forjar una amistad, o lo que surgiera, y resulta que cuando yo le preguntaba cómo, me contestaba, atónito: hablando. Si solo hablas de hablar, pero no hablas, si solo hablas de actuar, pero no actúas, tú credibilidad decrece exponencialmente… por eso los de los blogs literarios podemos parecer tan inconcruentes… y consecuentes. Incongruentes porque hablamos de escribir, consecuentes porque mientras hablamos de ello estamos escribiendo…
La vida está llena de contradicciones, y no creo que nadie que no se haya pasando horas paralizado mirando al vacío, intentando asimilar el pavor a la pérdida del tiempo, comprenda realmente y en toda profundidad, lo que quiero decir cuando digo esto. Esa fue una etapa de mi vida, el estar tumbada en la cama como una zombie, con los ojos hinchados de lágrimas de tanto desgastarme en mi mar particular, sobre las sábanas… con un dolor tan incrustado que luego ni las lágrimas pudieron aplacar… suelen llamarlo depresión, en mi caso ha remitido y en cuanto lo hizo me largué de viaje por Europa, aprovechando la tregua que me daba, para practicar idiomas y también encontrar un poco por donde no iban o iban los tiros de mi existencia.
Y parece que al final he acabada por hablar de mí, nada más lejos de mi intención… os juro que cada día que pasa me aterra levantarme, y al mismo tiempo me dan ganas de llorar de alegría y risa ante la sola perspectiva de conocer a alguien, de sonreír al viento, de ocultar mis pechos y mis pulmones, como si guardara un secreto secretísimo, cruzando los brazos sobre el esterón, celosa…
¿Os ha pasado alguna vez que, sin venir a cuento, os habeis perdido en vosotros mismos y sois incapaces de dar un paso más, de recordar donde estáis, de asimilar lo más sencillo? Es una sensación aterradora y maravillosa, te puedes quedar mirando a un mango de plástico, o un paraguas, y te planteas muy de golpe qué es ese objeto, qué hace ahí, quién lo inventó, cómo se colorea el plástico… por favor, no me hagáis caso, estoy conduciéndome hacia mi mayor debilidad- que no os contaré, esa la reservo para mi príncipa azul, si existe, y para mis amigos, que existen, o eso creo, no porque no confíe en su amistad sino simplemente porque me apetecía meter un inciso metafísico de por medio-. Estoy conduciéndome hacia mi mayor debilidad y debo reconducirme. Me apece hablar, me siento con ganas de hablar, para olvidar y para recordar, por eso lo hago. Continuaré, pues.
Hay frases que calan muy hondo, son frases que, sin venir a cuento, se pegan a nuestra estructura más interna, y que ni con esos suspiros diafragmáticos podemos expulsar… porque pasan a formar parte de nuestro ser.
Tonterías, voy a intentar explicarlo de otra forma. Lo que vemos, lo que escuchamos, lo que discutimos, lo que procesamos… es mucho menos de lo que creemos, al menos conscientemente. Pero si ya lo que aprehendemos inconscientemente se pega como una lapa a nuestro ser subconsciente, imaginemos aquello de lo que partícipamos conscientemente- y voluntariamente-. Es una movida, quiero decir, repetímos los miles de clichés personales sin saber que lo hacemos o, incluso sabiéndolos, nos sentimos limitados a salir de nuestra prisión, porque el conocimeinto y el mundo etc es demasiado como para abrazarlo de una vez y adaptarlo a nuestra mentecita. No sé si ésta recalentaría, pero creo que el caos reinaría sin lugar a dudas. Imaginadlo durante un momento. Imaginad una gran habitación color granate cubierta de objetos colocados sin ningún concierto, sin ton ni son, y nuestro yo recorriéndolos, tropezando, con moretones y heridas en el ego, irguiéndose, cayéndose, intentando superar el dolor que le produce tanto, tanto… Pero, ¡Esperad! Si lo sabemos todo, también tendremos la capacidad de saber como olvidar lo que sabíamos antes, de ese modo no existiría comparación y podríamos asimilarlo todo sin darnos cuenta de lo mucho que es…
Dios, me encanta divagar. Muchas gracias por escuchar- o no- Buenas noches, caballeros, no vivamos solos…