A veces te persiguen, no te dejan en paz… abres los ojs por la mañana y ahí están, resonando dentro de ti, sin un momento de respiro… y caminas y ellas hilan tus pasos con sus notas y sus rimas…
Y hay momentos en los que te dan ganas de llorar de la rabia, apartarlas de un manotazo, gritarles, ¡Dejarme tranquila, quiero descansar!
Pero siempre, muy hondo, el deseo de que no se vayan porque, cuando lo hacen, nos sentimos tan a la deriva, las extrañamos tanto… Ni musas ni narices. Si se van no hay manera de expulsar el odio que todos nos guardamos dentro, no hay manera de sacar esos cachos de cristal incrustados sin remedio…
O ese era su objetivo… Vienen cuando la desesperación es total, cuando la oscuridad te rodea por todas partes y no hay forma de encontrar la salida en un túnel de oscuridad, en el que ni la esperanza existe, y solo ellas te dan algo, te quitan algo, esa ausencia de dolor… ¿Porque qué hay peor que la indiferencia, que esa muerte en vida?
Todos empezamos un poco así; primero las historietas infantiles, cuando uno se siente poderoso, con una fuerza latente dentro de sí incapaz de controlar. Acaba de leer y siente que tiene que escribir… esto lo intimida, lo echa para atrás, ¿Cómo voy a hacer yo algo así? Y probablemente esa pregunta no se presentaría si el mundo que nos rodea no nos hiciera ser conscientes de la capacidad limitada de un niño… y de un adulto. Porque si algo caracteriza al niño es su arrojo. Arrojo hacia todo; la curiosidad por encima del miedo al ridículo, al fracaso… y te dejas llevar por esa avalancha incontrolable.
Son palabras torpes, vienen y tú no sabes como domarlas… no tienes látigo a mano, las observas con los ojos desorbitados, preguntándote, ¿Y ahora qué?
Vienen retazos, vienen historias, vienen deseos de organizar… pero no puedes, ellas te llevan… tú eres el dueño de un perro sin dueño, y te arrastra por las calles más angostas sin que sepas por dónde vas, hacia donde te diriges…
Y luego, cuando poco a poco tus gemelos, tus cuádriceps, han dado cuenta de esa presión, entonces tus bícipes tiran, y el perro te mira, desafiante…
En este punto del camino, perdidos en tierra de nadie, pueden pasar dos cosas…
Puede ser que el perro se apague… que aprietes tan fuerte que lo mates, que lo ahogues… por exigirle algo antes de tiempo… Todo, todo, lleva su tiempo, y el tiempo es una medida concreta que varía en función de los implicados y las circunstancias… en este se ajusta al dueño… porque los perros son una compañía muy fiel, pero hay que demostrarles afecto…
Lo has llevado por las calles más feas, más intransitables. Él ha ladrado, te ha defendido… ¿No pretenderás castigarlo así de por vida? Dale un hueso, avanza, progresa… ahora se merece que lo achuches, que le digas que lo quieres…
Quien empieza por los cuentos y se pasa al desahogo existencial de tipo instrospectivo debe continuar el camino hacia una simbiosis adecuada, perfecta… Deja que sea tu amigo, no lo latigues hasta la muerte, no lo asfixies… sigue sus pasos y conduce con tus riendas, cierra los ojos y no hagas de él lo que el no es, porque, como en el liquen, los elementos se conjugan solo si saben convivir en harmonía…
¿Cúal es la otra opción? Es el fracaso, es esa que ya he nombrado, el asfixiar, el matar, con exigencias desmesuradas. No le pidas nada a las palabras, no llores por ellas cuando se van, dales tiempo de volver, acaricialas cuando te miman… jamás las juzgues, porque eso equivaldría a juzgarte a ti. Y no las compares, nunca te atrevas a colocarles ese collar tan rígido y desagradable, o te aseguro que lo pagarás caro. No hay una palabra mejor que otra, no hay una frase más grande que otra, no hay escritores y protoescritores. Hay personas que siguen a sus perros adonde quiera que estos les lleven, y no los cuestionan, sino que dialogan… y hay otras a las que les puede el vértigo y acaban matando la libertad de las sílabas a base de tomar esquinas que su fiel compañero abomina…
No negaré jamás que hay resultados mejores que otros, pero el resultado no es un libro, no es poema, el resultado es salir a la llanura y arropar a nuestro guía… darle una palmadita cariñosa, acariciar su pelaje fresco, mientras sonreimos, con el alma puesta en ello, a un mediodía de ilusiones… Porque hemos conseguido nuestro proyecto: tenemos nuestra compañía y, esta vez, es de por vida.
Esas son las letras, señores, viene y van, hay momentos en los que te dejan… Necesitan su espacio, no las apresen… Hay momentos en los que vuelven, y en los que un hueso es tan bueno como un beso… son tan dulces, tan amadas por los dueños que saben darles lo que quieren… son lo mejor que tengo, porque por muchas cosas que pasen, por mucha gente que me marque y huya, ellas siempre, siempre, vuelven.
Y esa es una certidumbre.


