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Sentada

Enero 16, 2009

Se recogió la melena sin soltar el cigarro que sostenía entre el dedo indice y el pulgar, como un hombre. La goma estaba gastada y amenazaba con escurrirsele nuca abajo, hasta el cuello de la camiseta blanca y floja que le dejaba el suyo semidesnudo y a la vista.

Levantó los ojos y soltó sobre el cenicero un sonoro suspiro que levantó las cenizas una por una y, hasta que no volvieron a posarse sobre la gastada mesa del local, no volvió a dirigirle la palabra a Luca.

Eso es lo que hay

Lo repitó con más fuerza, agachando la cabeza y arañándose el cuello una y otra vez, maquinalmente, probablemente con los pensamientos en otra parte, lejos que aquel tugurio infesto en el que habían ido a parar.

¿Y que vas a hacer?

Nada, no es tan grave, al fin y al cabo, unos mesecitos y sanseacabó, me dejo de preocupaciones y pamplinas

La miró con aprehensión, poco convencido. Se sacudió la cenica que había ido a parar sobre la solapa de su imitación de traje chaqueta barato, o, para mayor precisión, imitación barata de traje chaqueta.

No sé que decirte, guapa, yo no lo veo tan claro.

Ella encaró una ceja: ¿guapa? Luca no solía tomarse esas libertades. Aunque, visto lo visto y dado el caso, andarse por las ramas e intentar escudarse en palabras corteseses era poco menos que una somera gilipollez. Inutilidad, querida. Propiedad ante todo.

Echó la cabeza hacia atrás, inclinando la silla junto con la espalda, arqueada. el cigarro entre los labios y la boca agrietada por la sequedad y el tabaco.

No lo veo yo tan complicado, no sé por qué lo dices.

Claro que lo sabes, monada, no me vengas con chorradas. A lo hecho, pecho, que diría tú madre, ahora no puedes harerte la loca, y lo sabes.

El nique erea demasiado holgado, los pechos se marcaban apenas, las caderas se hundían como un valle entre dos montañas, socabones profundos e invisibles, protegidos por una tela tan fina que el calor de las cenizas no pudo dejar intacta.

Ólvidalo.

Miró hacia otro lado, hacia las gristaleras grasientas del local, hacia el exterior extrañamente soleado; pateando el suelo con gracia, recobrando la postura inicial, con una mano sobre la taza de té. Extraño, una taza delicada donde las haya, con tapita incluída y hueco para las hierbas. Sabe D. qué habría sido de un dueño que en un principio se esmeró tanto en crear un ambiente caldeado, un ambiente hogareño de tetería con clase.

El tiempo lo desgasta todo, que diría Joaquín con cara de circunstancias.

Luca, a mí no me vengas con tonterías, ya sé que significa la palabra responsabilidad, me la habías pasado una y otra vez por los morros, restregándome vuestro éxito de pacotilla. Y estoy cansada, ¿me oyes, guapo? Cansada de tragar vuestra mierda, cuando estáis si cabe más insatisfechos con vuestra vida que yo con la vida.

La mirada condescendiente le fue a dar en pleno rostro.

Vamos, no lo dirás en serio, ¿no? Por el amor de d. tieens treinta y dos años, mírat..

Deja a Dios fuera de esto, ¿quieres? Siempre te ha gustado utilizar tus grandilocuentes palabritas y estar fuera de contexto. ese es tu problema, ¿sabes? que no tienes ni puta idea de cuando estas fuera de contexto. Por eso resultas tan rídiculo la mayor parte del tiempo, mira que aparecer con corbata y traje, de pacotilla por cierto, a un lugar como este, que de refinado tiene lo que yo de clase…

Vale ya, ¿no? Si me has llamado es por algo, y me parece que ya va siendo hora de que te tragues ese mald.. ese orgullo que tantos problemas te ha traído.

Ya estamos de nuevo con juzgar vidas ajenas, ¿Luquita querido?

Resopló inquieta y aplastó el cigarrillo directamente contra la mesa. Extrañamente, no había ceniceros. Él la miró y la dejó hacer. Se recostó también con cierta inquieta pachora, falsa y forzada, contra el respaldo de la íncomoda silla de madera.

¿Sabes lo que necesitas?. Silencio. Necesitas que alguien te diga lo que te tiene que decir. En lugar de hacer oídos sordos a lo que te hemos advertido una y mil veces, y girar los cabeza a los problemas. Eso siempres se te ha dado bien, girar la cabecitas y meter la cola entre las patas, salir como un perro, esconderte como una…

Sí, sí, sí . Miró por la ventana, distraída.

De esta no te libras tan fácilmente, y lo sabes.

Redirigió la mirada hacia la barra. La chica era joven, tenía el pelo liso, extrañamente liso y tieso, el cuerpo pequeño y mono, con las uñas de las manos pintadas de rosa chicle, las caderas extreñas, el vientre plano y una especie de apatía perpetua anclada a las facciones desvaídas como una pantalla de baja definición en un escaparate deslucido.

Escúchame, mendrugo, te he llamado porque necesito que me ayudes de una manera bastante clarita, no busco consejos, no busco galimatías ni palabrejas, no busco tu consuelo n i tu apoyo moral, no busco que me juzguen y mucho menos que me condenen. Si no te parece un trato justo, lárgate…

¿Trato? No hay tratos cuando uno pide ayuda, solo los necesitados la solicitan.

Bueno, tú estas mas solicitado que yo y no lo haces.

Sacudió la cabeza, evitando añadir el ‘ y ni siquiera lo sabes’. Le dolía la cabeza de tanto dar vueltas en círculo, de no llegar a ninguna parte, de tener que ir hilvanando frases sin sentidos en un ataque que parecía no tener tregua, una batalla campal llena de cañonazos que pasaban sin siquiera dejarles un rasguño, solo el regusto cálido del peligro cercano que pudo pero no fue.

De momento.

Empezó a preguntarse si había valido la pena. No estaba segura de que tanta palabrería compensase un simple intercambio monetario. Claro que también lo decía él, aquí no hay intercambios, solo solicitante  necesitado y usurero dignatario. Ja. Se relamió los labios intentando saborear el té y el tabaco, y limando las grietas profundas de la sequedad y las noches pasadas al frío con el insomnio como solo acompañante. Atractivo.

Bueno, dejémoslo ya, ¿te parece?

Se levantó, muy despacio. Sabía que no le quedaba otra que volverse a sentar, que pedir disculpas y mendigar algo de sus bolsillos rastrerors, pero eso era algo que nunca se le había dado bien, y era incapaz de reorientar ahora años de un aprendizaje fallido para obtener un alivio momentáneo a un problema que pasaría como pasan las estaciones: con el tiempo.

Como quieras. La agarró de la muñeca y la miró de nuevo, instándola a recuperar su posición inicial, a volver a apoyar el bonito trasero sobre el íncomo sostén, a afrontar sus ojos y a humillarse un poco y a aprender a callar y a aceptar una posición de desventaja a una edad en la que la mayoría de los mortales ya lo tiene más que asumido.

Ella cedió. Al fin y al cabo, siempre se le había dado bien guardar las apariencias. Un rato más mirando como las uñas de la camarera iban perdiendo el color a medida que se las mordía con avidez canina, y el asunto quedaría zanjado.

Está bien, Luca. Está bien.

Y se sentó a regañadientes.

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