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Diciembre 1, 2008

-Clara.

Sí?

Pibotó sobre los talones hasta quedar de frente a Juan. Su sonrisa tenía un algo de delicado, y apagó con una zarpazo tenue la vela que ardía, todavía, sobra la repisa de la cocina.

Se la quedó mirando un par de segundos. Llevaba un sueter azul, la nariz estrechaa  y respingona parecía desafiarlo en cierto modo. A el? No, era un desafío más abstaracto, más general. Desafiarlo a él hubiera sido un honor del que, no estaba seguro, fuera el recipiente más adecudado.

Hay privilegios que hay que ganarse.

Clara, por qué no apagas la otra?

Sabía que era un comentario bastante insulso, por mucho que pudiera llevar implícito cuarentamil connotaciones que, en boca de Marlon Brandon o Brad Pitt, seguro que con-llevarían un el resultado deseado.

Pero el no era un actor, su voz no era ronca ni su porte especialmente envidiable. Y lo sabía. Como también sabía que el comentarío era tan solo una manera de ponerle un tapón a la botella del silencio, de cubrirlo con un velo temporal que le permitiera admirarla durante unos segundos más.

Oscilando. Oscilando en la mecedora como una peonza, observando la curvatura de su espalda, reclinada para recoger una vela del cajón inferior de la encimera, con el rostro velado de una especie de cristal, esta vez, como la otra, tambén extrañamente dulce, que le confería al conjunto una seguridad que no se sabía si era innata, o si solo era una coartada.

una coartada?

Desde luego la suya no había servido de mucho. Ella levantó los ojos caramelo y lo contempló con picardái. Se mordió el labio, en un reflejo todavía demasiado reciente, o tal vez olvidado, que la impelía a ser la juguetona ardialla de antaño. Más allá de esa crudeza que se insinuaba en las pestañas largas, en lo contenido del movimiento, en el pie que solo se adelanta como en una danza muda consigo misma. En una danza solitaria, en un dialogo en el que ningún hombre, ni mujer, sería admitido, a menos que llevase un pase expedido por la única autoridad válida, ‘ella misma’, conforme ciertas prácticas ilícitas quedarían excluídas del intercambio establecido entre ambos.

-Mejor enciendo otra, no te parece? Aún me quedan algunas con olor a canela. Caldearán un poco el ambiente. Las de frambuesa son demasiado densas.

No hizo caso del comentario, no hizo caso de ese razonamiento completamente ilógico. Hasta cierto punto se había adapatdo a tragarse ciertas preguntas, era un precio que valía la pena pagar. Levantó la mano y la atrajó hacia así, primero la cintura, una cintura bien formada, unas caderas generosas. Le daba un poco de vertigo el contacto del jersey color canela. Cuidandose de dejarla escapar, y obviando su expresión risueña, le apartó un mechón rebelde, negro azabache, de los ojos.

Ella se limitaba a observarlo, con curiosidad moderada, como una antigua matrona que ya se ha acostumbrado al acto más humano de cuantos se hayan registrado, a ese parir entre sangre y dolores, de ese traer al mundo una vida que, más adelante, miraría con pausa los ojos de ese muchacho que la estrechaba entre sus brazos.

No decía ni diría nada, solo hundir la cabeza en el hueco del esternon, aspirar el olor de las velas que parecía emanar de su cuerpo, tantear con especial cuidado la tela gruesa, escurrir una mano curiosa bajo el jersey, descubrir que no hay sujetador, sopesar un pecho bien hecho entre las zarpas, suavizar un suspiro con un beso, dejarse llevar sabiendo que ella no lo hacía, o lo hacía solo hasta un punto tan medido como comedido.

Sabía, siempre había sabido, que había una distancia, y que esa distancia es de las que insisten en llamarse ‘in salvables’. Insalvable. Mascullo las sílabas hasta que la boca de ella se las arrancó a mordisocos suaves. Le hubera gustado no sentirse tan inerme, tan expuesto ante un ser que parecía conservar en cada uno de sus gestos una frialada que ninguno de sus besos iba a poder remediar.

[...]- cortocircuito-

Un comentario

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