Archivo de Enero 2008

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Aaron S.: sobre el peso de las propias creencias

Enero 31, 2008

Aaron S. siempre había creído y mantenido que existía un tan breve como dislocado equilibrio entre la nada y el todo. Ducho en el arte de los discursos, le gustaba disertar sobre sus avances teóricos a este respecto, siempre, por supuesto, en presencia de un buen nutrido grupo de amigos o allegados, que se prestaban como corderitos mansos a la tarea de la escucha atenta. Puede que la denominación amigos o allegados sea un poco exagerada. Aaron S. era un hombre solitario, un hombre solitario alrededor del cual, como una fuerza centrífuga, se concentraba una gran cantidad de masa humana.
No es que él la atrajese, su afabilidad y sociabilidad no escatimaban en nada, pero no era eso precisamente lo que hacía que todo ese grupito se congregase a su alrededor. Aaron S. era un hombre de negocios. Un adicto al trabajo, para el resto de la especie humana, y gustaba de pasar largas horas en la oficina, con la frente perlada de un sudor opaco y denso, y no era hasta el brillante momento en el que el último punto, la última coma, quedaban dispuestos sobre el papel, que se decidía a levantar su dolorido trasero del asiento aerodinámico de primerísima calidad con el fin de encaminar sus pasos hacia su apartamento. Un apartamento soleado, un ático de soltero, con una bonita cocina con terraza, fabulosas vistas y una sobriedad de formas que hubiera espantado a cualquiera que se atreviese a posar los pies en el recinto.
Aaron S. especulaba mucho acerca de su recién adquirida fortuna. Lo hacía en la ducha, mientras los hidromasajes cumplían su tarea y lo dejaban hecho polvo, y como nuevo. Hecho polvo y como nuevo. Una combinación tan dicotómica, y no por ello menos precisa, de palabras, no dejaba de fascinarlo. Un pensamiento se abrió camino por una de las hendiduras sutiles, esas grietas bien rellenas de cemento y cubiertas con pintura, de forma que el resultado, casi perfecto, no dejaba entrever la fractura inicial de su anatomía mental. Un pensamiento subversivo, nuevo: había una línea muy fina en todo, absolutamente todo, lo que componía este mundo. De manera más práctica, por que como sabemos pruebas fehacientes tenemos de que Aaron S. era un hombre eminentemente práctico, decidió aplicar su recién descubierto y no enunciado principio aplicándolo al campo de la acción e inacción humana. Acción e inacción, porque todo formaba un todo con la naturaleza del principio: la línea se resquebrajaría y la marejada arremetería, la marejada de la pereza podría sobrevenirlo en cualquier momento y, si no estaba alerta y mantenía sus músculos en forma, puede que cayese víctima del virus, cada vez más extendido, que obliga al hombre y a la mujer (de nuevo la línea) a permanecer inánimes durante largas temporadas, casi en estados catatónicos, alimentados de autodesprecio y con los ojos vidriosos y muertos.
Aterrorizado ante la profundidad de sus propios pensamientos, sin poder dejar de pensar en el riesgo innecesario que los hidromasajes constituían para él, tentándolo a una vida disoluta y poco austera, una vida de libertinaje, que por poco se empieza y por mucho se acaba, una vida de vagabundo errante sin senda definida, abrió de golpe las puertas con bríos renovados.
Las cuencas de los ojos cada vez más abiertas, propulsadas por el propio terror interno del dueño del edificio corporal en el caul cohabitaban, las manos enrojecidas, y no de los nervios, si no de los pérfidos y potencialmente peligrosos hidromasajes, Aaron S. salió de la ducha a una velocidad que cualquier fotón habría envidiado, con tan mala suerte que fue a dar con el pie en un charco formado en el ínterin de la apertura de puertas y lanzamiento del virus en forma de catarata arrolladora impulsada por el motor interno de la ducha. Visto y no visto, la línea propasada entre la calidez interior y la frialdad de la baldosa, Aaron S. resbaló sin mayores prejuicios para su salud, solo un susto, una advertencia, un presentimiento admonitorio que ninguna impostura por su parte podría evitar. Era necesario, era preceptivo, era de una necesidad urgente e inmediata el tomar las medidas oportunas para evitar cualquier incidente como el que venimos de describir producido por la expansión del virus de lo que él llamaría, de ahora en adelante, pereza.
Lo que un resbalón y la pereza tienen que ver es algo que solo el lector atento que haya seguido el razonamiento del señor Aaron S. con suficiente atención podrá comprender.
Largas e intensas sesiones de gimnasio, en la que sus gotas de sudor, antaño opacas, adquirían una tonalidad dorada espeluznate, metálica, casi de otro mundo, cubierto el rostro, los brazos, el vello de las piernas, por una si cabe más espesa y densa telaraña de rios salobres y ácidos. Era la suya una estampa de lo más caricaturesca, una estampa seria y caricaturesca, la estampa del esfuerzo, de una lucha interna constante, la estampa del avance estático, la estámpa de las dicotomías y de las contradicciones solventadas en parejas de antítesis perfectas.
Comida sana. Naranja, manzana, lechuga y hasta cebolla. Nada de aliño, poca sal y mastica treinta y cinco veces cada bocado. Hazlo a conciencia, con fruición. Repite el proceso : no cedas.
Inmaculada la casa, informes más perfectos si cabe, largos paseos al aire libre, la boca abierta, las toxinas penetrando en sus pulmones, el mal, el mal oculto que acecha, pero no vendrá de dentro, no… no será la pereza, no será ella la que me mate, la que me haga morirme, pudrirme en vida, vegetalizar, por así decirlo, el resto de mis días…

Con estos pensamientos pasaba por la vida el señor Aaron S. Éxitio y más dinero, que se gastaba en caros tratamientos de limpiezas cutaneas y desinfecciones a fondo de su apartamento. Por primera vez desde que consiguió hacerse con su joya de departamento en pleno centro, como así lo definía él, ufano, una mujer penetró perpetrando el crimen de la violación de su intimidad más intima pero, válganos la teoria de Aaron S para justificar sus propias decisiones, era este un medio para justificar un fin, el fin: una casa en condiciónes, proper, como dirían los ingleses, y sin mácula.
Habiendo narrado el episodio a alguno de sus compañeros-allegados, fueron varios los que dejaron la copa suspendida y las babas igualmente ingrávidas, esperando escuchar de la boca de su compañero-allegado una confesión de fornicación, sino reincidente y recalcitrante, al menos única y, lo que es mejor, pública. Cual fue su disgusto al descubrir que no había nada de eso en su exaltada historia, solo una desinfección y una limpieza a fondo, solo unas cuantas ratas rataaas exclamaría con voz atronadora Aaron S. nada menos que dos ratas enormes, desmesuradas, gigantes, inhumanas, en su querido apartamento de soltero. Aún en el supuesto de atreverse a proponerle con razonables argumentos una actividad de tipo sexual a Aaron S. , sus compañeros dudaban por temor a que su ausencia de comentarios procaces no fuese ni más ni menos que un reflejo de un deseo ubicado en otras areas que podrían poner en entredicho dicha esa supuesta amistad.
Así las cosas, pasados unos años, nuestro querido amigo era una máquina humana, un éxitoso caballero, atractivo y, cuchicheos varios, virgen, dueño de su sempiterno apartamento, que se había convertido en una especie de santuario al estoicismo y a la austeridad, con la ducha arrancada de cuajo como un elemento decorativo y superflue, único atrevimiento en esa masa rasa y monótona que constituía su hogar, si esta palabra es aplicable al caso.
Aaron S. no se murió de un infarto, como es de suponer, aunque su horario desmedido de trabajo pudiera desmentir la negación de esta hipótesis haciéndola probable. Aaron S tampoco se murió resbalando con una monda de plátano, o viendo la televisión (elemento que evitaba como a la peste más pestilenta y mortífera). Aaron S. tampoco murió de viejo, ni murió por un cancer de testículos (el tomate era una de sus frutas favoritas, ingerida con religiosidad cada noche previo lavado con lejía). Podría decirles que con su devoción a la cultura del esfuerzo Aaron S. murió en vida, porque no supo disfrutarla, ni disfrutó la cantidad ingente de endorfinas que liberó como resultado de sus extenuantes sesiones deportivas, con sus ríos, sus lagos y sus telarañas odoríficas pero… no lo haré, señores y señoras, porque no estamos aquí para eschuchar desenlaces moralizantes ni para violar el tono irónico de esta narración. Aaron S. no murió tampoco de un ataque de ansiaded, ni de un ataque depresivo desencadenado por su estrés y con resultado clínico suicidio. No, señores y señoras, Aaron S. murió bajo el peso de sus propias teorias, bajo el peso de un acúmulo ingente de libros qeu violaba con su presencia el principio de austeridad antediluviana defendido por éste: la vengaza de los libros, tomada por su lomo y letra, fue certera y contundente.
El pequeño estante, tan estoico, tan perfectamente acorde con la teoría del señor Aaron S, se desplomó bajo el peso de sus ideales aplastando con su peso a aquel que murió de este modo cumpliendo su más ansiado deseo: portar su teoría, sus verdades, en su cráneo… pena que olvidase que la línea entre lo mental y lo físico es muy fina y, en cualquier momento, se resquebraja…y desploma.

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La anoréxica frígida y la rotura del dique: descubriendo el placer- comida y sexo-.

Enero 20, 2008

Siempre me miraba como si yo fuera la causa de algún mal sin nombre, con aquellos ojillos agilados y amplios, y esa boca que solo se abrían para escupir algún improperio sobre la mía, muda.

Tenía una manera particular de caminar, mascando el chicle de un lado, con la mirada fiera y triste fije, rabiosa y exánime a un tiempo, los pies dirigiéndose en dirección contraria al lado de la mandívula que estaba trabajando en ese momento.

Yo me sentaba en el banco de enfrente, y la observaba durante horas. Un día me atreví. Me levanté. Aún recuerdo el frío punzante y unas ganas tremendas de gritar saliéndome de la boca cerrada del estómago.

Supongo que no me esperaba esa respuesta, esa mirada condescendiente que parecía resbalar de sus ojos y derretirse con desprecio sobre tu cuero cabelludo, sin importar que le llevases diez centímetros o que tu cuerpo cargase con quince quilos más.

Repetí una y otra vez mi súplica, porque a la tercera vez ya no quedaba más que la denominación, desnuda e impúdica, de súplica.Ppareció escucharme.

La primera vez que me acosté con ella, giró la cabeza mientras yo colaba la mano entre sus piernecillas escuálidas. Su mano experta estaba tensa, agarrada sobre mi brazo, como si fuese un asidero al mundo de los mortales, del que se desquitaba con cada palabra escupida con rabia al asfalto o sobre el cuero cabelludo de algún desprevenido o incauto transeunte, caso presente, que se atreviese a dirigirle la palabra.

Tardé bastante en comprender que había en ella una rabia contra todo, pero que esa rabia la expulsaba, como un mal humor, hacia sí misma. El día en que comprendí que no valía la pena seguir intentando salvarla, ya era demasiado tarde. Suelen decir que nunca es demasiado tarde, claro que también se suelen decir un montón de porquerías que solo sirven para extender sus tentáculos, pringosos y acuáticos, sobre nuestras vidas.

No me di cuenta de que hacerle el amor era algo así como entrar en su interior, como si un agijón se rompiese, y ella rompiese a llorar, avispilla que presentía su fin cercano y se aterraba ante el inmenente e ineludible final de su existencia.

Las primeras veces intenté aliviarla. Recuerdo un día. El primero. En inmersión entre sus piernas, su vello púbico me hacía cosquillas en el rostro, pero sobre todo notaba sus movimientos automáticos, nada entregados. Víctima tal vez de un ritual que ni siquiera le proporcionaba una pizca de placer.

Un movimiento leve, un respirar profundo, levanto la vista y veo su rostro surcado de lágrimas. Lo primero que se me pasa por la cabeza al verlo, porque no reparé de inmediato en las lágrimas, sino en rictus de dolor que parecía congelar sus facciones, fue que debía de ser por mi laboriosa actividad. Nada más lejos de la realidad. Engreimiento, cualidad del ser humano de la que peco en cantidades ingentes.

Llora, se levanta, abre un paquete de chicle y me confiesa, con aire distraído:

-Soy frígida, sabes? Pero ninguno de mis amantes se ha dado cuenta. Los hombres son estúpidos.

Shh. La acallo con un beso. Le rozo la parte baja del vientre, que tiembla ante lo inesperado del contacto. Le abro la boca con una mano y con la otra retiro el chicle, que coloco sobre la palma abierta.

- Tú y yo, ahora, nos vamos a cenar. Las dos solas, tú y yo, y nadie más.