En ocasiones, muy puntuales, siento la indecible sensación de desar hundirme en una taza de porcelana, de crear mi mundo alternativo como tú creaste el tuyo, de ir tirando de la lona hasta exponerla al viento; y con el nuevo lenguaje poder crear algo más que solo desgarros sin ningún obetivo fijo. Al menos, de esa manera, pretendería que hay algo más que vacío.
Entonces recuerdo que a ti no te fue muy bien, que te perdieste por las ramas de tus metáforas, que tus lágrimas de fuego y música de piano se llevaron tu vida con ellas, y a mi contigo.
Mentira. palabra predilecta de tus labios. Mentira, yo digo que sigo aquí, y que sigo intacta, aprendida la lección de tus palabras, de tus condenas. Todavía puedo ver tus besos impresos en mis labios, mi espalda arqueada, atenta a tu juicio, tu lengua que penetraba mi boca como si fuera suya, como un caramelo, y yo me decía, cerrando los ojos, que el cielo había perdido su color, que lo único que me gustaba de aquel beso eran tus caricas, profundas como aquellos, sobre mi espalda.
Palpabas las vértebras mientras me escrutabas con esos ojos que siempre lo han visto todo. Ojos receptivos, sí, porque siempre besabas con los ojos abiertos. Decías que cerrarlos te impedía captar el momento, y yo aprendí tu lenguaje como aprendí el significado de tus metáforas: con el tiempo.
Nos besábamos con los ojos abiertos, y ahora que me encuentro escribiendo sobre el pasado sin fardos, sin remordimientos, sin pamplinas, siento mi cuerpo liviano, libre, como si fuese una ola rompiéndose contra la orilla. Me imagino embutida en un traje hermoso, con mucha cola, y me deshago de él solo para introducirme en una gran taza de porcelana, rellena de un sabor fuerte, una infusión: roiboos. Me meto y saboreo sola el color, la textura, y los rebordes firmes que contienen al líquido y a la prisionera voluntaria de las paredes de vídreo. ¿O era porcelana? Sola, sola. Como debe de estar todo ser humano.
Y los días libres capto todo con una agudeza dolorosa, concreta. Palpo los libros, el aire y las motas de polvo, palpo incluso mis pensamientos, intentando ver donde esta el error, la bifurcación, que hace que se pierdan por senderos sin salida. Lo veo y creo que el problema es el mapa, por eso palpo lo tangible con más ahínco: puede que en una de estas el rozar de mis muslos contra el pijama me recuerde a aquella noche en la que me levanté, grogui, y me duché vestida, notando la piel y la ropa unirse bajo el cálido abrazo del agua, hundida y por fin resucitada, fuera de la cruel rutina que siempre tienta con sus tentáculos mi vida.
Y es entonces que me digo, muy bajito, aquí en mi soledad querida… acepta la rutina, porque solo así serás libre. Y buceo, y me hundo en la infusión, la taza de porcelana cobra colores insospechados, se vuelve, poco a poco, más transparente, y no hacen falta más metáforas para asir el milagro que se representa a dos palmos de mi misma: es vídrio, la porcelana era una ilusión, el vídrio está siempre ahí, para dejarme ver lo de fuera, y ser siempre, dentro, una.
Porque en los días en los que el ánimo flota… todos los recuerdos se unen con el presente, todo confluye en ese remanso abandonado, el cielo destila aromas de vida, y yo sé que la posibilidad está abierta…; cuando, por el contrario, la melancolía se asienta, no hay presente, lo anula la oscuridad tensa, desgarradora, de no saber qué es lo que hay más allá de la porcelana, opaca, de ese vaso en el que uno se hunde si descuida sus ojos, y los cierra… metáforas estúpidas que ahora te alejan y yo, sola, por fin creo mi historia.


