No sé quién me dijo que el polvo era verde.
Al principio no le creí, me resistí a aceptar esa verdad, creía que lo hacía por divertirse, que me estaba utilizando, que en cuanto me descuidase se daría la vuelta y escupiría entre sus perfectos dientes una risa maléfica que desmentiría sus palabras.
Pero yo no la oiría.
A pesar de todo no me resistía. No podía, la curiosidad era un fardo liviano que pugnaba por llevarme hasta el cielo, hacerme tocar las nubes, atravesar al atomosfera, volar, volar… tan lejos que la risa maléfica se perdiera en el horizonte, allá donde el horizonte pierde consistencia, más allá de la tierra, más allá de mí.
Miraba el aire a todas horas. En las horas muertas, cuando la profesora continuaba la lección, ora con voz cansina, ora con asesina decisión, taladrante voz que me hería los oídos, la consciencia, y me impedía el olvido de la situación presente, en esas horas observaba los rayos de sol incidiendo cual fusiles sobre el aire, asfixiando su superficie y volviendo visible las volátiles particulas antes protegidas por la opacidad del aire.
Me asé así muchas horas, revolviendo en mi memoria, describiendo gráficas mentales con las cuales descifrar el geroglífico llamado: motaverde.
Y por mucho que insistía no lograba verlo, hata que aquel día, inclinada sobre ese columpio herrumbroso que apenas si se tenía en pie, con mi peso encima, chirriando a cada brazada de mi cuerpo, péndulo errante en su trayectoria de equilibrios sin destino fijo, sin horario, sin billete, con la lúcida libertad del hacer las cosas por hacerlas, sin fin ulterior ni mayores pretensiones, cabalgué sobre el columpio y caí sobre la tierra seca, y el polvo revoloteó a mi alrededor, fresco, dispuesto, a raudales, hundiendome en el centro del huracán que formaban las trombas de nubes incesantes.
Y entonces lo ví.
Era verde, de un verde radiane, de un verde tan verde que ni el más verde de los verdes lo habría alcanzado nunca.
Y luego… luego todo se volvió negro.
No volvía a ver nunca, el médico dijo que el golpe había sido definitivo, mi nervio óptico no funcionaba ya, nadie se explicaba cómo.
Pero yo sé que no fue el golpe, ni mi vuelo sobre las nubes hasta el espacio sideral, ni mis aspiraciones de curiosidad incesante.
Yo sé que fue ese verde, ese verde tan profundo y tan sereno… yo sé que no podré olvidarlo, él me cegó y luego, para protegerse, tuvo que cegar mi lucidez.
él me dio la luz.
Por eso a veces escucho, a lo lejos, una risa maléfica, y la mía crece al compás de la suya, porque sé que él no lo llegó a ver nunca… si no no vería, porque hay secretos que requieren sacrificios, y a veces uno ha de dar un brazo por sentir algo que nunca volverá a recobrar.
Mamá y el médico dicen que soy fuerte.
Ellos no lo entinden,
Ahora veo el mundo verde. El espacio es verde, y quien lo niege, tonto.


