Archivo de Octubre 2007

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Verde

Octubre 30, 2007

No sé quién me dijo que el polvo era verde.

Al principio no le creí, me resistí a aceptar esa verdad, creía que lo hacía por divertirse, que me estaba utilizando, que en cuanto me descuidase se daría la vuelta y escupiría entre sus perfectos dientes una risa maléfica que desmentiría sus palabras.

Pero yo no la oiría.

A pesar de todo no me resistía. No podía, la curiosidad era un fardo liviano que pugnaba por llevarme hasta el cielo, hacerme tocar las nubes, atravesar al atomosfera, volar, volar… tan lejos que la risa maléfica se perdiera en el horizonte, allá donde el horizonte pierde consistencia, más allá de la tierra, más allá de mí.

Miraba el aire a todas horas. En las horas muertas, cuando la profesora continuaba la lección, ora con voz cansina, ora con asesina decisión, taladrante voz que me hería los oídos, la consciencia, y me impedía el olvido de la situación presente, en esas horas observaba los rayos de sol incidiendo cual fusiles sobre el aire, asfixiando su superficie y volviendo visible las volátiles particulas antes protegidas por la opacidad del aire.

Me asé así muchas horas, revolviendo en mi memoria, describiendo gráficas mentales con las cuales descifrar el geroglífico llamado: motaverde.

Y por mucho que insistía no lograba verlo, hata que aquel día, inclinada sobre ese columpio herrumbroso que apenas si se tenía en pie, con mi peso encima, chirriando a cada brazada de mi cuerpo, péndulo errante en su trayectoria de equilibrios sin destino fijo, sin horario, sin billete, con la lúcida libertad del hacer las cosas por hacerlas, sin fin ulterior ni mayores pretensiones, cabalgué sobre el columpio y caí sobre la tierra seca, y el polvo revoloteó a mi alrededor, fresco, dispuesto, a raudales, hundiendome en el centro del huracán que formaban las trombas de nubes incesantes.

Y entonces lo ví.

Era verde, de un verde radiane, de un verde tan verde que ni el más verde de los verdes lo habría alcanzado nunca.

Y luego… luego todo se volvió negro.

No volvía a ver nunca, el médico dijo que el golpe había sido definitivo, mi nervio óptico no funcionaba ya, nadie se explicaba cómo.

Pero yo sé que no fue el golpe, ni mi vuelo sobre las nubes hasta el espacio sideral, ni mis aspiraciones de curiosidad incesante.

Yo sé que fue ese verde, ese verde tan profundo y tan sereno… yo sé que no podré olvidarlo, él me cegó y luego, para protegerse, tuvo que cegar mi lucidez.

él me dio la luz.

Por eso a veces escucho, a lo lejos, una risa maléfica, y la mía crece al compás de la suya, porque sé que él no lo llegó a ver nunca… si no no vería, porque hay secretos que requieren sacrificios, y a veces uno ha de dar un brazo por sentir algo que nunca volverá a recobrar.

Mamá y el médico dicen que soy fuerte.

Ellos no lo entinden,

Ahora veo el mundo verde. El espacio es verde, y quien lo niege, tonto.

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Cuestionamiento

Octubre 18, 2007

Creo que todo el mundo ( o al menos la parte del mundo correspondiente al sexo femenino, que es la que me atañe por tener experiencia directa, información de primera mano, recién salidita del horno) nota cuando le cambia el olor de su sexo. Todas las niñas se dan cuenta de cuando las bragas se les mojan de ese líquido viscoso y espeso, de olor penetrante y asustadizo, que huye y te empapa, que te ataca y contra el cual no puedes hacer nada. Bueno, nada escepto mojar el dedo en la braga, torcer el gesto cuando te lo acercas a la nariz, retirarlo con presteza, la curiosidad momentánemanete saciada, y olvidar con tu obsesión que estás creciendo, auqeno no comprendas muy bien cómo (luego, cuando te masturbes y, olvidadiza, no te laves los dedos, te dormirás acunada por ese olor que te emborracha, y del que quisieras huir, si al menos esa prueba fuese de algo más que de un intento de camelarte al sueño, ejecutado con rápidez, sin ganas, y para colmo ese resultado, ese olor que no te deja nunca, no importa cuantas veces te laves… ).

Luego te viene la regla, y con ella un día descubres que hueles. Porque hueles, no hay lugar a dudas, el olor es todavía más intenso, ¿Cómo si no se explica que te llege a las fosas nasales desde las profundidades de tus bragas, allá abajo, tan lejos, rompiendo con sus espadas la barrera de una graveda que no es suficiente para protegerte de esa parte de ti tan desagradable a nivel social: ¿Y si no porque nos venden compresas odorfresh, sin ánimo de hacer propaganda? Y luego me pregunto, mierando curiosa a la gente que pasa delante de mis narices, si todos esos caballeros que transitan ante mí son capaces de oler conscientemente ese hedor femenino que parece volvernos locas de repulsión, aprendida o no, cada vez qeu la sangre sale de nosotras a borbotones. ¿Y se habrán preguntado lo que es aceptar que una parte de ti, tan importante como lo es la sangre, se ha de ir, y que eso es natural? No se habla, no se habla, el silencio preside el olor, el silencio, y por eso cuando se habla de olor a sexo, se habla de olor a sudor, de olor a acto sexual…. y se anula automáticamente la autonomía de cada sexo con independencia del otro ( de ahí la palabra autonomía).

No se habla de eso, ni se habla de que es normal que la primera regla tras el parto sea tan abundante que la mujer tema desangrarse. Y te lo comentan las viejas que, con su sabiduría oculta, lo llaman segundo parto. ¿Pero quién se ocupo de avisar a la embarazada cuando, oportunamente, dio a luz, sacándole de esta manera el peso de ver como la vida se le va saliendo por el desague por el que ya escapó, hace poco más o menos un mes, otra vida que no era la suya, aunque como si lo fuera?

La información se calla, como se calla que el infarto femenino no tiene los mismos síntomas que el masculino, y se olvida que estamos aquí, presentes, con nuestras particularidades… A lo mejor a alguien se el ocurra levantar la cabeza de nuestras glándulas mamarias, oportunamente cubiertas por grasa (de lo cual prueba suficiente es el observar a todas las anoréxicas sin pecho que circulan, seres humanos superiormente inferiores, por nuestra sociedad corrupta, cada día, por cada calle… ajenas, presentes),  y observar a esta parte de la humanidad con algo que no fuera su nariz, esa nariz que capta las feromonas más suculentas, que lo captan a él, dirían… ¿Y que culpa tendrá ella? Gracias a Dios, mi jefe es gay, y lo mismo el gerente.

Y luego la gente se sorpende cuando salen a la luz esas encuentas masivas realizadas por personas tan curiosas como morbosas, sea el caso de Shere Hite, sexóloga estadounidense, y en estas se revela, por ejemplo, que no son pocos los hombres que han pensado en violar a una mujer y que la únic arazón por la que no lo dicen es por no parecer degenerardos, y la única por la que no lo hacen, porque no están seguros de poder salir inmunes. Eso sí, una vez se les dice que se pongan en el hipotético caso de que la inmunidad estuviera garantizada, en ese caso no suelen dudar en afirmar que lo harían….

Una amiga me pregunto una vez, ¿Y quién se masturba pensando en curas?

El sexo no es degeneración, y no sería visto así si su consideración no estuviera tan enraizada en el pantanal de lo aparentemente animal. Y ahora, que me exalto, diré que uno no debe nunca (decir nunca…) afirmar qeu no debe hacer algo y, por ende, escandalizarse. Aplicar un debería para un sentimiento, o una prohibición, tal es el caso, no es remendable, pero lo que pretendo es ilustrar lo siguiente: quien se escandaliza es porque tiene una base firme sobre la que juzga la casua de su escanalizamiento ( ay, como me gustan las palabras… os quiero, cielos míos). Y esa base, esos pilarse, han sido adquiridos y no cuestionados… ¿No es eso escandaloso?

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Desvariando

Octubre 15, 2007

Dices lo justo. Buu. Suspiras. Alivio. Repliegas tu cuerpo, alargas los dedos, los haces crujir. Te sientes bien, satisfecho, el orgullo ha hecho su tarea, el efecto no tardará en llegar.

¿Deberiamos callarnos cuando la rabia nos asola? ¿Deberíamos callarnos, no una, si no decenas de veces, hasta que nuestro interior sea un cementerio por causa de las muertes que nosotros mismos nos hemos causado? ¿Es una guerra, un combate cruento, en el que el orgullo y el amor ajeno se debaten hasta la extenuación? Lo dudo, lo dudo y me lo planteo.

¿Qué es el odio?¿Qué es la rabia ciega? ¿Cómo puede uno llegar a desear agredir con todas sus fuerzas a quien más ama? Y si no lo hace, si no lo hace… ¿Está acaso matándose a sí mismo?

Las palabras son jugetonas, hacen que lo simple sea complejo, simplifican lo que parece oscuro. Obnubilan y aclaran, a gusto del consumidor.

Hoy me demoro en ellas, las veo, me detengo en cada coma, las veo, que no releo. Me pregunto quien leerá, que obtendrá de mi estado fragmentado, de mis divagaciones que pretender llegar a alguna parte, pero que se pierden en sí mismas, en una espiral sin salida.

La semana que viene cumplo diecinueve años. Edad importante. Solo se cumplen una vez en la vida, ¿Y si sigo contando clichés, y si sigo sintiéndome segura en la red y delato más y más datos de mí, una vida más, suelta en el cosmos? Me relamo, caramelo dulce. No te cortarás con una sierra eléctrica hasta que deje de imponerte respeto. No le pierdas el respeto, en el momento más inesperado, ¡Zas! Te rebana una parte de ti. Puede que no especialmente importante pero, al fin y al cabo, es una parte de ti.

El insomnio es algo de lo que no suelo hablar. El insomnio es fruto del sufrimiento, y del tormento. El insomnio, por otro lado, es inmensamente productivo. Buckowski escribía de noche, ¿Cúantos escribían de noche? Sobre esto ya he hablado. El insomnio es algo demasiado fino como para tomarlo a la ligera, las ojeras se hacen más profundas, la mirada se pierde en el vacío… y la cordura se va por el retrete cuando tiramos de la cadena, antes de sentarnos sobre la tapa y cubrirnos la cabeza con nuestras propias piernas, rodillas que aprisionan y aportan intimidad, que permiten enclaustrarnos en nuestra cárcel particular, que permiten que no salga de nosotros esa bomba de relojería que no nos permite conciliar el sueño.

Mi problema no es el insomnio. Mi problema es, como el de todos, estar viva. Viva, una palabra, dos sílabas, viva, como en caos, otras dos sílabas. Contrario. Antónimos? Muerte. Yo diría complementaríos.

El flujo de información deviene más y más débil, el río avanza, el cauce disminuye, todo se ha dispersado en un sinfín de afluentes… un delta. En el delta uno no ve lo que hay del otro lado, cada reguero sigue, lento, su camino. ¿Cúal de ellos es el más fuerte, cúal es el ídolo, el jefe? Ninguno, ninguno.

¿Por qué no dije antes mi edad? Porque Descartes decía que hasta los cuarenta nadie podía escribir nada, que hacerlo era una hipocresía, un acto de sumo desprecio, de arrogancia.

Claro, Descartes y su filosofía; él podía agarrar la cabeza entre sus manos, sin echar mano de las rodillas, y sostener con ellas el mundo que giraba sobre sí mismo, duencillo tramposo que te engaña, Descartes. Sigue viajando, aprende, pero cuida de no ser extranjero en tu propia tierra, o no sacarás nada en claro.

Él siempre tan racional, tan racional… lógico que solo considerase las letras una forma de encauzar el razonamiento para comunicarlo… quien le diría que mentes ociosas las utilizarían para moldear con sus lenguas estáticas vidas, sentimientos, obras de pura fantasía engalanada y de tanta pasión, tanta, que sus pelos se herizarían solo de percibir una centésima parte de ella…

Nuestro Kant, tan tolerante en su vejez sin límites, en la que repetir taza de café no era pecado… puede que él sí comprendiera ese afán de volar por encima de la razón, de alzar los puños, con rabia. De defender el odio, de defenderlo todo.

El amor, no. El amor no necesita ser defendido. Su defensa consiste en evitar lo que la perjudica, y eso atañe, nada más ni nada menos, que a quien siente la llama quemar sus tripas y amenazar con desestabilizar algo tan seguro como precario. El amor. El odio.

Amo esa dualidad. La detesto.

¿Y vosotros?

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Comunicación

Octubre 14, 2007

A veces me gustaría tirarme del pelo, por corto que esté, y sollozar la impotencia de no poder expresar lo que llevo dentro, y lo que no llevo. A veces es mejor no llevar nada, cabalgar por el mundo sin el peso de moralinas disecadas encalladas en el puerto de cada concepto representado por una palabra.

¿Sería más libre si no las tubiera? ¿Sería más libre si el silencio fuese la compañía eterna de mis párpados al cerrarse, al abrirse, cada día?

Me gustaría describir el silencio. Un amigo mío lo hizo de una manera tan vívida que se me pusieron los pelos de punta. Desee que el silencio lo fuera todo, qeu dejáramos ya de arrojar barro en forma de conceptos prefabricados sobre nuestras cabezas, desee poder sentir la sangre en mis sienes cada día, poder meterme en mi burbuja de esperanza, en la que la luz ilumina suavemente la colcha de la cama de esa habitación sin ventanas.

Por desgracia no se puede, por desgracia hay que girar la cabeza cuando un ruído nos sobresalta, esclavos de nuestro oído, condenados a seguir nuestro instinto, actos reflejos que nos arrastran a un río lleno de misterio y de limitación. Porque un río siempre tiene dos orillas, y por mucho que nades, por mucho que camines sobre el (Si puedes) al final has de llegar a una de ellas, o ahogarte en el mar de tus sienes, de tu sangre, pulsante, silenciosa, sobre la orilla (de la playa).

Y las palabras esclavizan mis pensamientos; no hablo de estructuras, podría decirlo todo con frases muy simples, sin orillas ni ríos ni metáforas baratas, podría encubrirlas de un velo de simpleza que, a algunos, les resultaría incluso vomitivo, pero de esta manera solo mostraría el esqueleto de un mosaico comprendido entre las paredes del edificio de la estructura social. Palabra y concepto, significado, presa de mi propia lengua, de su limitación, de su visión.

¿Cómo describir conceptos que se escapan de mis manos, conceptos que nadie se ha molestado aún en enlatar? ¿Cómo describir cosas que no sean gotas de lluvia golpeando las ventanas o bellos campos de amapolas? ¿Cómo describir la muerte si no la he vivido? ¿Cómo tocar con mis dedos los ojos ajenos, atravesarlos, llegar a donde ni ellos llegan, y abrir directamente un conduco al exterior, de manera que mis dedos guíen sus pensamientos y la comunicación sea tan directa, tan plena, como cuando se hace el amor?

Hacer el amor es eso, las palabras son ornamentos inútiles, la comprensión va más allá, comprende conceptos inasibles por la lengua, crea sus propios adoquines para el mosaico, o tal vez solo descubre aquellos que los pasos de los visitantes habían enterrado, descuidados, bajo el manto de tierra y polvo que echamos, como antes dije, sobre nuestras cabezas expuestas.

Y hacer el amor es lamer sudor; es lamer y sorber y sentir con cada esquina del cuerpo; es temblar ante el toque de una rodilla, es no minimizar ni cuestionar el valor de una uña, tan aparentemente insensible; es oler y abrir los ojos y ser una flor dispuesta a mustiarse en plena juventud.

No hay comunicación como esta. Por muchas palabras que yo escriba, por muchas frases que os lance, por mucho que me esforzase en crear cuentos, por mucho que solo escribiese cuando la sed fuese demente, no podría daros jamás lo que quien os ama os da.

Pido disculpas públicamente por haber minusvalorado un sentimiento que es, ante todo, comunicación. Sed de comunicar lo incomunicable, de que una mirada lance dagas rellenas de dulzura, pétalos frescos que acarician la piel ajena.

Y, al contrario de lo que pueda aparecer, no estoy en plena aventura amorosa, mi única obsesión es X, obsesión qu eprevalece siempre, que me quema, que me hace una llaga que los meses de ausencia no sanan.

Esto es, ante todo, una apología desmañada de la comunicación completa, de no limitarnos a soltar frasecitas del tipo: y el ignoto destino cubrió con su manto de verde candor las preocupacines aladas que desgranaba mi mano ajada sobre mi atribulada mirada.

Vómito. Repgunancia.

Acabo de leer El grito de la gaviota, no os puedo dar una explicación más concisa (para este post).

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Lectura

Octubre 11, 2007

Llamémoslo paradójico, llamémoslo irónico, ¿Para qué buscar palabras en las que condensar algo que se puede explicar (sencillamente¿?) con unas frasecitas explicatorias?

Como una novela. Ese es su título. Bonito libro con portada de Jan Saudek y exquisito argumento. Vamos al grano. Estoy leyéndome un libro que es lectura obligatoria en, al menos, una universidad, y resulta que el libro versa, nada más y nada menos (agárrense, caballeros) que sobre el no dogmatismo en la lectura. ¿Sorprendidos? Continuemos

Aplicar el término novela para definirlo sería un error. Por eso lo llamo libro, simple y llanamente, aunque el autor haga una asociación entre libro y ente-despersonalizado-que-percibe-el-no-apegado-a-la-lectura. En este libro ( de nuevo libro, espero que os haya quedado clarito…jeje) Daniel Pennac nos expone su punto de vista sobre el porqué del fracaso en la insitución pedagógica francesa y también, por supuesto, a nivel familiar, de la inculcación de un hábito tan sano, tan maravilloso, tan excelso y culturizante como es la lectura. Estos franceses, que en preocupación por la enseñanza no hay quien los gane.

Y para los que se esperan un tostón, olvidarlo. ¿Cómo vas a escribir un libro incitando a la lectura y que este en sí sea pesado, denso, si se supone que es para los no iniciados o, en su defecto, los que pretenden iniciarlos?

Se trata de un libro, ligero, de bolsillo, con capítulos (por llamarlos de alguna manera) de dos carillas escasas por regla general y una clave humorística de trasfondo exquisita. Vamos, una delicia, pero no es plan de analizarlo, este libro no fue creado con ese propósito. Más bien viene a decirnos que dejemos de lado estas pretensiones capitalistas de supereficiencia y beneficios inmediatos y que comencemos a leerles a nuestros hijos en lugar de someterlos a tortuosos y torturadores interrogatorios sobre textos impuestos por la bienamada institución académica: el todopoderoso profesor.

Y metiéndome un poco en mi visión particular del asunto (todavía más? por favor, para ya…) voy a contestarme en público una serie de preguntas, nada más lejos de lo que vuetra desbocada imaginación os había hecho hilar… ¿Una disertación sobre como inculcar la lectura desde la familia y los colegios? olvidarlo… ¿para qué? Es un pasatiempo y una adicción, no seré yo quien la recomiende… sería contraproducente.

Pregunta número uno: ¿Alguna vez has llorado con un libro? Sí

Pregunta número dos: ¿Alguna vez has creido que tu vida ya no tenía sentido porque, tras leerte una colección de 20 novelas encadenadas, una serie, te das cuenta de que todo acaba de una forma que abominas? Si, estado depresivo transitorio, gracias a Dios.

Pregunta número tres: ¿Alguna vez has leído un libro a la fuerza? Sí,

Pregunta número cuatro: ¿alguna vez te has obligado a ti misma a acabarte un libro a disgusto? Sí

Pregunta número cinco: ¿Cúantas novelas has llegado a leerte en una semana? Nueve? Te satisfizo eso? No, era más feliz cuando no las contabilizaba… pasaron de ser vidas a objetos inertes.

Pregunta número sies: ¿Consideras las novelas (que no libros) como un medio o como un fin? A medias, a lo largo de mi vida he pasado por todas las tonalidades de trato posible… supongo que era a lo que me refería con lo de ahogar al perro, pero en versión lectura, no escritura.

Pregunta número siete: ¿Y vosotros? por favor, contestadlas, esas o las vuestras particulares, en todo caso este es un experimento no experimental, porque aunque no explícitas todos nos las hemos hecho… supongo que uno se da cuenta que avanza cuando es capaz de dejar un libro a medias reconociendo que, según su criterio y el de toda persona que tenga un ojo literario medianamente aguzado, es intragable, o tomarse la decencia de no leer porque es un libro de lectura obligatoria.

Como he dicho, agradeceré todas las opiniones, es un tema que nos toca a todos los que escribimos, aunque solo sean ….. (completarlo vosotros, humildades falsas al retrete, reorganizar la frase, aunque solo escribimos… porque lo sentimos… precisamnte porque lo sentimos)

Antes de caer en un lenguaje críptico y excesivamente telegráfico os dejo, pasar buen punte y un placer leerles (os).