Todos buscamos a nuestro interlocutor ideal. De hecho, todo se basa en eso, en encontrar, y ser, interlocutores. Todo depende de la cara que tienes delane de ti, en lo que esa cara te dice, en como ladea la cabeza cuando tú dices algo, en qué dice y en cómo lo dice, en cómo se mueve y en cómo un simple gesto te hace rodar de la risa y te hace querer interrumpir al sujeto en cuestión y decir tú lo que sea que tengas que decir, porque cada palabra y cada guiño secreto te mete las ganas de intervenir, cada sílaba y cada giro de muñeca y cada mirada oblicua en el buen sentido de la palabra (:) te produce la incontenible necesidad de soltar los cien pensamientos que te han asaltado como consecuencia de algo tan simple como un interlocutor que pasa de sombra a persona aun antes de ser interlocutor, aun antes de dirigirte la palabra, y de ser tu interlocutor. Y tú el suyo.
Lo mismo pasa con los mails, uno se pone delante de la pantalla del ordenador, se muerde las uñas, frunce el entrecejo y navega durante un perido razonable de tiempo, pero las cosas no marchan (se congelan) y es incapaz de soltar más de dos palabras que formen un conjunto coherente sin parecer pastosas y provocar toses histéricas in the very person that uttered them.
Y sin embargo… sin embargo
sin embargo a veces encuentras alguien que te inspira, por la razón que sea, y os deleitais en usaros mutuamente. Y esa persona puede ser cualquiera, es solo la persona que coincidió en el momento adecuado, en el lugar adecuado, con el background adecuado. Y las risas irrumpen hasta en el cyberespacio cuando los guiños intergalácticos son solo una parte inevitable (en el buen sentido de la palabra, también en este caso) del intercambio.
No lo voy a negar, también asusta. Asusta ver qué da igual quien sea, qué al final tú eres tú y vas desperdigando lo que eres entre distintos individuos, los que, por la razón que sea, han cuadrardo en las cuadrículas de tu existencia en ese momento determinado, y te han hecho querer gritarle al universo un ciento de cosas, algunas de ellas que tenéis en común y que en ambos casos antes estaban ahí guardadas, en una cajita, porque no quedaba más que callárselas si no se quería que calleran en las manos de la incomprensión, y entonces, o bien no llegaban siquiera a pronunciarse y a airearse, o bien si lo hacían se quedaban criando polvo en un estante.
No es lo mismo cuando viene alguien y cambia la situación, dejándote patas para arriba, a ti y a tu incapacidad de permanecer callada pero no saber que decir, y soltar chorrradas una detrás de otra por matar el silencio. De repente dos personas encuentran un refugio cálido en el que pasar la marejada, un recurso cualquiera, temporal o menos temporal. A veces miras atrás y ves los otros refugios, y la distancia que te separa de ellos, y aun así no puedes evitar gritar para que te oigan, aun así no puedes evitar reafirmarte en el pasado, y pensar que volverá, bajo otra forma tal vez, en otro momento, quizá bastante lejano, pero volverá, porque hay cosas tan auténticas que ni mil años podrían cambiar… aunque lo hagan.
Y yo pienso en cómo el mundo y la vida tienen un botón de pause enorme, y nosotros somos grandes locutores retirados que juegan con los cassettes y van metiendo uno y otro en las ranuras, y a veces nos olvidamos alguna en suspenso porque estamos muy embebidos escuchando el que está puesto en la radio de al lado, y luego nos acordamos y tenemos que darle a pause, o a stop, a la que en ese preciso momento estábamos escuchando. Otras veces los cassetes, que son personas, en caso de que la metáfora no haya llegado al interlocutor adecuado, tienen la mala suerte de acabar fuera del maquinillo, y se destruyen a la intemperie o acaban en manos de otro locutor, ya para siempre divorciadas de la radio que las acogió primero, y que las desertó después.
Ahora pienso en los casetes que escucho ahora mismo, y son más reales que nada, son cassetes que contien algo que alguien grabó en su momento, y me siento honrada por poder escuchar con tanta atención… de hecho, creo que el concepto, y therefore la metáfora, de los cassettes está un poco anticuada, más vale hablar de estaciones de radio, porque se transmiten en el moemnto y, aunque tú no las escuches, siguen avanzando indefectiblemente, que diría algún pedantente por ahí… y luego cambias y oyes… y escuchas… y si tienes varias radios ‘a tu disposicón ‘ tal vez puedas escuchar varias cadenas a la vez, pero cuantas más escuhas peor oyes, y a veces compensa ser fiel a una y acabar por comprenderla que intentar abarcar todas y dejar que los pajaritos se larguen volando y se dispersen antes de llegar en forma de ondas sonoras a tu tímpano… que puede pasar. Doy fé!
Ahora soy muy consicente de las cadenas, muy buenas por cierto, que no estoy escuchando, y también de las cadenas, muy buenas también, que sí estoy escuchando. Pero soy también consciente de las (asimismo, diría otro pedante) cadenas que me obligan a escuchar, y me frustra ese zumbido de fondo que me impide centrarme en las que me quiero centrar y no perder el tiempo en escuchar sonidos que no están hechos para mí, cadenas en las que no me gastaría un duro, a las que jamás se me ocurriría llamar… y hacerles saber que existo, y que las estoy oyendo.
Un beso, cadenas actuales, las que yo he elegido. Sois de lo mejorcito que hay
Pena que no pueda abarcar más y más… Aunque donde esté una buena canción, que se quiten mil sucedáneos de pacotilla.
un besazo!